Blog: Kaizen

Artículo publicado en El Mundo por Eduard Amorós.

« Cabe preguntarse si el avance tecnológico es siempre sinónimo de mejora social »

Los movimientos luditas, encabezados por artesanos ingleses en el siglo XIX, se basaron en la protesta contra las nuevas máquinas que amenazaban con desplazar del mercado de trabajo a los pequeños productores.

Dos siglos más tarde, el avance de la tecnología y los efectos de la globalización se convierten en aliados para unos, enemigos para otros. Volvemos a encontrarnos con nuevos modelos de negocios basados en transacciones económicas vía plataformas accesibles desde aplicaciones, las cuales presentan la cara y la cruz de una misma moneda.

Mientras que es la tecnología la que nos propone un marco de ventajas ofreciendo productos y servicios más inmediatos en un modelo social donde lo inmediato es sinónimo de satisfacción, es esta misma tecnología la que pone en peligro los puestos de trabajo de millones de personas en todo el mundo.

Los últimos años han experimentado una explosión de oferta de plataformas que cuentan con el respaldo de potentes fondos de inversión, que van desde el alojamiento, como AirBnB, hasta plataformas de intermediación financiera, servicios domésticos, jurídicos o relacionados con el sector del taxi, que están desplazando o convirtiendo en más precarios los empleos, si cabe, haciendo más inaccesible la vivienda o derivando el pago de impuestos a otros países con menor presión fiscal.

Una tecnología que, en ocasiones, emplea de manera falsaria el término de economía colaborativa, cuando son los grandes capitales financieros quienes auspician estas iniciativas. Iniciativas tecnológicas que, a priori como consumidores podemos tener la sensación de que mejoran nuestras vidas, pero que también están creando una reformulación del mercado de trabajo y del entorno social.

Cabe preguntarse si el avance tecnológico es siempre sinónimo de mejora social y, si en consecuencia, deberían de ser los poderes públicos quienes regulasen de manera mucho más precisa y efectiva en donde el interés general de las personas se anteponga a cualquier otro interés. Mientras tanto, podemos valorar como consumidores si nuestra apuesta es por la tecnología o por las personas.

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